Luisgé Martín: “Durante la Movida hubo personas como Almodóvar que podían haber abierto una línea a favor de los homosexuales, pero no se atrevieron”

Por Carlos Madrid @CarlosMartnez90

La existencia de Luisgé Martín no tuvo que ser fácil. Lo hubiera sido, si le hubiera tocado vivir en una sociedad madura. Pero para la cultura de los años 70-80 tenía una tara imperdonable, una indecencia; ser homosexual. Desde el primer alumbramiento a los 15 años sobre su tendencia sexual, se juró a sí mismo que el silencio lo acompañaría perpetuamente, y su vida se trocó en una batalla constante por ser una persona normal. Ya adulto, y tras mucho dolor, reparó que su vida, ésa que suponía del revés, era igual de derecha que cualquier otra, y decidió romper a viva voz su silencio a través de una confesión plagada de una sinceridad y una honestidad descarnadas. La ironía se la reservó para el título; ‘El amor del revés’ (Anagrama).

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Foto Sara Baquero Leyva

A lo largo de tu carrera literaria, has dejado vestigios de tu biografía, pero nunca algo así de claro. ¿Por qué publicarla ahora?

Te devuelvo la pregunta: ¿y por qué no? Todo escritor tiene un proceso, dentro del cual cree que en gran medida tiene que inventar, pero llega un punto en el que se da cuenta que ha vivido lo suficiente, ha conocido a suficiente gente, ha tenido experiencias, y ha oído suficientes historias como para transcribir, como para poner palabras a aquellas historias que son reales.

Este libro sabía que tenía que escribirlo desde hace tiempo, porque creo que esa parte de mi vida es una historia con todos los ingredientes del antihéroe que se acaba convirtiendo en héroe. Para qué buscar en otro lado.

¿Qué buscabas con este libro? ¿A dónde querías llegar?

Podría darte respuestas más o menos hermoseadas, falseadas. Yo no creo que nunca, cuando me siento a escribir, haya un propósito demasiado claro. Los escritores nos manejamos en zonas oscuras, por intuiciones; más por sitios por los que se quiere pasar que a los que se quiere llegar. Yo creo que siempre en los libros, lo que intentamos es convertir el caos en algo que tenga un sentido; cortando las zonas muertas e hilando los hechos de manera que parezcan artísticamente razonables. Escribir ‘El amor del revés’ me sirvió para ver que todo aquello que había vivido de manera caótica, visto desde la distancia y con la frialdad que el escritor tiene que tener cuando se sienta a trabajar, sí que tenía un orden, un concierto y un sentido. En este aspecto me sirvió para poner orden en mi vida, entenderme y quererme más.

Quererte, entenderte un poco más. No como en el pasado, cuando equiparabas la homosexualidad con una enfermedad, cuando te aborrecías.

La sensación que yo tenía de ser un ser inferior, repugnante, que si los demás pudieran verte tal cual eres, sentirían el mismo asco. Que eres alguien enfermo, que eres alguien oscuro, pervertido, con inclinaciones desde lo zoológico hasta el campo semántico de las enfermedades… eso no era algo que yo inventara; era un sentimiento real, un sentimiento que se transmitía, y que por desgracia, a día de hoy se sigue transmitiendo. Este sentimiento me venía muy bien a la hora de escribir.

Se puede leer entre líneas que ese Luis adolescente era un homófobo.

Entre líneas, e incluso no tan entre líneas. Lo que le ocurre a ese chaval es que él mismo no se acepta, que acepta que la homosexualidad es una anomalía, algo perverso… Y por lo tanto, él no tolera con normalidad ser así. Incluso, aunque él lucha contra sus instintos, llega un punto en que se plantea lo más terrible: dejar de ser él mismo, cambiar sus inclinaciones. Al final, ese chaval acepta discursos homófobos para negarse a sí mismo. Para considerarse una anomalía, una cucaracha, tiene que aceptar como verdaderos discursos contra su ser.

Eso es terrible. Ya no sólo por lo que él siente. Los discursos dichos justamente por quien no tiene que decirlos, les confiere una autoridad, una carga explosiva mayor. Que un neonazi sea homófobo, es lo que toca. Pero que lo sea un homosexual, es terrible.

Cambias la cita de Rilke en la que asegura que “la verdadera patria del hombre es la infancia”, añadiendo “pero también es su cárcel”. ¿Cómo te sientes a día de hoy, habiendo tenido esa patria, esa cárcel?

En este sentido, ese Luisgé Martín se siente completamente feliz por poder vivir en un país completamente distinto, a pesar de todo lo que queda por cambiar. Se siente muy contento con la vida que lleva, una vida normal; y de haber recorrido ese viaje de una manera tan luminosa, es decir, de haber pasado de la vergüenza a la satisfacción. Incluso escribir un libro como éste, donde he podido relatar todo lo acontecido con la cabeza bien alta.

¿Fue dura su escritura?

No. La escritura del libro fue uno de los momentos de mayor felicidad. Soy un escritor de los que sufre, de los que lo pasa mal escribiendo; pero que lo hace porque no puede dejarlo, porque es parte de su vida y de su identidad. Pero en este libro, como ya sabía lo que había sucedido y sólo tenía que ponerle palabras, fue un estado de felicidad, de revelación. He llorado, ya que cuando recordaba, cuando convivía con ese chaval, con algunos episodios de mi vida, con la juventud perdida… tiene muchos puntos de emoción. Pero es un sentimiento más de melancolía que de horror.

¿Qué es lo que más te duele en esa vista hacia atrás?

Hay muchos hechos puntuales que puedo nombrar, pero lo que más me duele es ese sentimiento de juventud perdida; pienso que hay ciertas cosas que biológicamente sólo se pueden hacer a una edad, que hay que apurarlas cuando uno es joven, y que yo en ese momento no hice. Eso, por mucho que luego quiera recuperar el tiempo perdido, nunca lo conseguirá. Como escribí hace unos días: un primer amor a los 27 años, no es un primer amor. Es otra cosa.

En el libro, echas la culpa de esos sentimientos a la cultura postfranquista de la época, donde uno de los pilares centrales era la religión católica.

Sí y no. Todo esto que has dicho es verdad, y está en el libro, pero no creo que sea un libro español. Yo lo escribo desde España, desde un marco histórico muy concreto; pero es un libro que podría haber sido escrito es Alemania, en EEUU, en Argentina… Excepto las coyunturas, las particularidades de cada uno, ese sentimiento no es español, es universal.

Lo que sí es universal, aunque aquí tome el rostro de la iglesia católica, es el daño que hacen las religiones en este sentido: el dominio de la moral, en este caso sexual, por parte de las religiones es devastador para las sociedades en las que vivimos.

Este libro comienza en los años 70-80 hasta la actualidad. ¿Ha habido alguna evolución de la Iglesia en este aspecto?

Hay dos aspectos fundamentales que hay que resaltar. El primero es el papa que les ha salido rana. En ese sentido yo confío en que haya una evolución. Hay un papa que por una vez pone el foco fuera de las alcobas y que se atreve, tímidamente, a decir algunas cosas sobre la homosexualidad, sobre la mujer… que hace concebir algunas esperanzas.

El punto número dos, el más importante, es que aunque la Iglesia no ha cambiado mucho, lo que sí que ha cambiado es el caso que la le hace. Lo que antes se tomaba como algo opresivo, ha pasado a ser algo irritante.

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Foto Sara Baquero Leyva

Todo esto te empujó, a ti y a casi todos los homosexuales que han vivido situaciones parejas a la tuya, a desarrollar una serie de trastornos sociales.

Hay trastornos, que por mucho que uno intente cambiarlos, ya no tienen arreglo. Y aunque a uno la madurez y la experiencia le confieran la habilidad o los trucos para esconder esas taras, siguen ahí. Una muy extendida que por suerte yo no tengo es la incapacidad de amar. He conocido a muchos homosexuales que no tuvieron grandes problemas de aceptación, sino que únicamente vivían en una sociedad hostil y se tenían camuflar, que esconder. Muchos de éstos, como decía, no han podido tener una relación larga de pareja. Eso responde en alguna medida a que durante los años de tu formación sentimental te acostumbraste a pensar que, como no iba a ser posible tener una relación amorosa normal, esa profecía se autocumpliera y te convertiste en alguien con incapacidad de amar.

En mi caso, la más gorda de mis taras, es una protección de erizo que hace que tenga cierta incapacidad de transmitir y comunicar los afectos en los sentimientos. Aunque haya escrito este libro (risas). Eso tiene que ver, más allá de otras razones, con que en los años de mi educación sentimental, he crecido siempre disimulando y a la contra. Eso no puede pasar inadvertido.

Luego nos dicen, es que los homosexuales están llenos de taras. ¡Claro¡, déjanos crecer libremente y ya verás como no.

La frase que repites una y otra vez en el libro, y que define perfectamente esa situación es: “estamos tan acostumbrados a disfrazarnos para los demás, que al final nos disfrazamos para nosotros mismos.”

Estás acostumbrado a coger gestos de otros, a disfrazarte como quieres que los otros te vean, que al final te acabas convirtiendo un poco en ese personaje. Por fortuna yo nunca tuve pluma, ya que así no tenía problemas con el entorno. Aún así, me esforcé en remarcar gestos que consideraba más viriles para disimular aún más mi homosexualidad. Gestos estudiados a la hora de fumar, el ser malhablado, rascarme los huevos… todo ese tipo de cosas, en una época lo haces para demostrar algo, pero al final se mimetizan contigo.

Todo esto llevó a que algunos conocidos no aguantaran y recurrieran al suicidio como escape. En tu caso, incluso llegaste a razonarlo como posible salida.

Cuento una historia en el libro, por supuesto real, de un chico que conocí a través de un anuncio por palabras. Tuve con él una relación de vernos durante días salpicados en el tiempo. Pero un buen día, a través de una tercera persona, me enteré de que se había suicidado de una manera muy extravagante. Era una persona torturada, como yo multiplicado por diez, ya que sus padres eran del Opus. Por mucho que él quería luchar contra eso, fue incapaz.

¿Actuó la literatura en tu caso como una tabla de salvación?

Sin duda. Pero más que la escritura, fue la lectura y el cine. El poder irme de mi vida, de poder concebir otras, para mí fue la salvación absoluta; sino creo que me habría vuelto loco.

Es un libro personal, pero también tiene un fuerte carácter sociológico.

Sí. Eso es inevitable. Como te decía antes, no creo que lo medular sea lo español, ni la Movida… pero fue el paisaje donde se desenvolvió mi vida y, evidentemente, tenía que estar ahí. Tenía que mostrar cómo se estaba mudando esa España, que salía del nacional-catolicismo y de la represión más absoluta, sobre todo con la sexualidad. La Movida transformó muchos de los aspectos, pero en este caso no tanto como parecía. Cómo la política hablaba de la liberación del pueblo palestino, pero no de la comunidad homosexual… Todo ese paisaje está en el libro.

Los movimientos universitarios o la Movida, de los cuales dejas claramente en el libro que no estuvieron a la altura en esta lucha.

Aunque ahora nos parezca impensable, en el año 85, cuando entro en la universidad, ser homosexual era una vergüenza. Los homosexuales tendríamos que haber organizado algún movimiento, como en Barcelona hizo Jordi Petit. En Madrid, o por lo menos lo que yo viví, no había nada; entre otras cosas porque no había nadie en la derecha ni en la izquierda que aceptara la normalidad de la homosexualidad.

Por otro lado, en los ambientes culturales de la Movida, incluso en Barcelona antes, era muy cool. Pero claro, dentro de ese perímetro. Cuando venía un periodista y preguntaba directamente por la inclinación sexual, alegaban que era una pose para despertar a la sociedad. Yo creo que, visto retrospectivamente, aunque yo fui el más cobarde del mundo y sin querer dar lecciones a nadie, había ciertas personas como Almodóvar que podían haber abierto una línea para romper algo en la sociedad a favor de los homosexuales; tenían poder, estaban más allá del bien y del mal, nadie les iba a cuestionar… pero es que además era evidente. Y sin embargo, a pesar de todo, no se atrevían. Eso dice mucho de la sociedad en la que vivíamos.

Apartando el contexto cultural, en una sociedad completa, desarrollada, este libro debería de ser superfluo. Quizá que destacase únicamente por la prosa. Pero, ¿crees que el libro forma parte del pasado, o a día de hoy se puede seguir entendiendo?

Yo creo que cuando un escritor realiza un libro, por el que no necesita vivir, cuando un escritor escribe porque le sale de las tripas y porque no puede dejar de hacerlo, escribe para que le lean dentro de 150 años. En ese sentido, yo aspiro a escribir buena literatura. Ésta está más allá de contextos históricos y de circunstancias que los vuelvan inverosímil. La primera vez que yo concebí la idea de escribir ‘El amor del revés’ fue cuando leí ‘El rojo y el negro’, de Stendhal. Leyendo este libro, me entró un estado de incredulidad absoluta, ya que me preguntaba cómo había sido posible que existiera en algún momento una sociedad como aquélla que por ser de diferentes clases sociales se les bloqueara el ascensor, la movilidad social. Esa sociedad absurda, increíble desde los parámetros que tenemos hoy en día. Ésa sociedad, o la Sudáfrica del apartheid, llegarán a ser en algún momento inverosímiles. Pero al final, a lo que aspira ‘El amor del revés’ es a ser un libro de amor; la historia de alguien para quien el amor es la obsesión de su vida y que por las razones históricas no se le permite; un libro sobre la intolerancia, sobre la inclusión, sobre cómo se crean las sociedades buscando daños que no existen, que no tienen que ver con la realidad… y ese tipo de parámetros, la soledad, la construcción de la identidad…. Todo eso, si realmente está en el libro como yo intenté que estuviera, hará que este libro vaya más allá de los hechos y la historia concretos que narra. Aún así, tengo la certeza de que en 2016 hay muchos homosexuales que podrán encontrar en este libro un pequeño espejo.

Dices al final del libro que no crees en los finales felices, pero éste termina con una tristeza del revés.

Esto de la tristeza del revés está bien como juego de palabras. Me gusta. No creo en los finales felices, porque nos morimos. La muerte lo destruye todo; la literatura, el amor… si es feliz, es porque todavía no es el final.

Recomendación literaria:
Los Cuentos de Julio Cortázar. Fueron determinantes en mi vida por razones diversas. Por razones personales, vitales, porque me abrieron los ojos a una literatura diferente y me empujaron a seguir escribiendo; y por razones estrictamente literarias, porque tuvieron una clara influencia (hace treinta y cinco años mal disimulada) en mis cuentos y en mis novelas.

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