César Rendueles: “Debemos devolver a la política el protagonismo sobre la economía”

Por Telmo Avalle (@telmoavalle)

La figura de Robinson Crusoe no representa al aventurero exótico, sino el espíritu del capitalismo canalla que late en su corazón. Más que la historia de un simple marinero torturado, el capitán Ahab es un emprendedor que arrastra a su vesania a una plantilla de trabajadores migrantes. Las obras de la literatura clásica reconstruyen en sus páginas aspectos de la historia del modelo capitalista, algunas más subrepticiamente que otras. Seguir leyendo “César Rendueles: “Debemos devolver a la política el protagonismo sobre la economía””

Guille Galván: “Muchas veces me pregunto si nosotros protegemos a la cultura, o la cultura a nosotros”

Por Carlos Madrid (@CarlosMartnez90)

Son las 11:30 de la mañana y el frío de Madrid se infiltra en la librería Venir a cuento. Su característica coleta alta y su impecable barba le identifican sin piedad. Hecho contradictorio al intentar adivinarle en sus letras, ésas que cada día pueden mostrarnos un reverso inédito, sentimientos que parecen esconderse siempre en el reverso de la moneda.

Llega solo, dejando atrás esa red que le ha parapetado siempre en estas coyunturas llamada Vetusta Morla. Para delimitar a Guille Galván (1980, Madrid) es preciso una especie de árbol genealógico laboral, dada su gran actividad artística.  Se autodefine como un  forastero dentro de la poesía, aunque su carrera como letrista dentro del grupo no dice lo mismo; en su caso, literatura y música son sinónimos. Gracias a este intrusismo y a una minuciosa “arqueología de cajones”, se germinó ‘Retrovisores’ (Bandaàparte Editores).

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Foto Sara Baquero Leyva

Aprovechando que nos encontramos rodeados de libros, confiésame,  ¿cuál es el autor que más te ha influenciado?

La persona que más he leído, con la que más disfruto y busco inspiración es Saramago. Soy también muy  seguidor de novela americana, desde Paul Auster a los clásicos, de los que creo que han generado en toda nuestra generación un imaginario que va muy conectado con la música, con el cine… muy ligado con  “Retrovisiores”, y que llevo dentro. Pero bueno, al final, vengo de la música y es lo que más me ha influido. Por ejemplo, “El juego favorito” de Leonard Cohen me parece una de las mejores novelas que he leído y en su momento me marcó mucho. De Dylan por supuesto, de Lou Reed también bebo mucho. Artistas que no sé si están en un lado o en el otro de la barrera de lo literario, pero igualmente creo que forman parte de él.

Otro autor que te habrá influido mucho es tu padre. Como respeto a él te reservas la “m” y la “o” del final de tu nombre. ¿Le debes mucho?

(Risas) A mi padre claro que le debo, pero le debo como persona, como alguien que más allá de lo literario me ha ayudado y me ha hecho tener la confianza suficiente para dedicarme a hacer cosas con mi instinto, con mi vocación, más allá de que fueran rentables o prácticas en un primer momento. A nivel literario, de él he aprendido a respetar el oficio y valorarlo mucho. Eso me ha generado una admiración grande por la escritura, y a veces un poco de sensación de vértigo, ya que mi padre es periodista de oficio y un gran narrador. Aún así yo creo que estoy en otro lado. Vengo de un lenguaje más audiovisual, más sintético. Somos personas distintas a la hora de escribir.

Vamos a volcarnos un poco en la obra… Dices en el libro que la historia no la cuentan los vencedores, sino quien necesita contarla.. ¿Cuál fue el verdadero impulso de tu publicación?

El primer motivo fue tener la necesidad o el impulso para escribir. En mi caso este impulso viene de la escritura de canciones. De hecho, muchos de los textos en su momento nacieron como canciones, y han ido teniendo un doble juego de vasos comunicantes entre ser poema y ser canción.

Hay incluso algunos que llegasteis a editar como canción…

Sí. De hecho hay un capítulo que se llama ‘Canciones’ que es el único donde aparecen versos que riman, que son poemas que en su momento tuvieron un viaje por el local de ensayo. Alguno con más éxito, incluso llegaron a algún directo, pero  ninguna canción fue grabada. Al final, un poema no deja de ser un fin en sí mismo, es el inicio y el fin de la creación. Desde mi punto de vista, es muy liberadora, porque para bien o para mal, empieza y termina allí, no tiene que haber nadie que medie en ello. Necesitaba hacer algo que empezara y terminara rápido. Porque la música tiene tantas mediaciones, de personas y tecnológicas, se aportan tantos cosas, que el resultado final dista mucho de la idea inicial.

¿La publicación de este libro era una forma mostrar al verdadero Guille?

No, no creo que en Vetusta no sea yo, o que aquí lo sea más. Son momentos y facetas distintas. “Retrovisores” es un libro que se ha ido haciendo a lo largo de estos años y en el que he ido recopilando textos que desde el punto de vista formal y de contenido me resultaban un poco más incoherentes en el imaginario de Vetusta Morla. Pero no lo veo completamente ajeno. “Retrovisores” no es Vetusta, pero nace de allí, en tanto que yo soy una parte. Los lectores que se acerquen se pueden encontrar elementos que le puedan tirar un cable a tierra a lo que significa el grupo. Evidentemente, el hecho de estar aquí solo ya es una cosa que normalmente no hacemos. Siempre que nos juntamos en prensa vamos juntos, y ahora me cuesta separarme de ese plural, hablar como una historia personal.

¿Son los poemas muchos ataques de nervios del pasado?

Sí, del pasado más inmediato. Bueno, en el presente también hay un montón de ataques (risas), vivimos en un mundo lleno de estos ataques, y gracias a ellos pasamos a limpio y ponemos en claro ideas que nos animan a escribir. “Retrovisores” se llama así porque mi trabajo de los últimos meses ha sido un poco hacer arqueología de cajones. Tenía la sensación, no tanto por cómo estaba escrito, de no encontrarme en el lugar del que hablaban ciertos poemas. Hice una criba, trabajé una estructura de libro y por lógica natural, hubo poemas que se quedaron fuera, y algunos capítulos que tuve que completar. Y eso ha sido lo bonito de esta última etapa; el poder leerme con cierta distancia y completar todo eso desde el presente. Esa pequeña mirada atrás, tiene mucho que ver con lo que sucede en un retrovisor, que era un título bonito y muy relacionado con todo este proceso.

¿Tu actual yo se reconoce con esos textos del pasado? ¿O notas ahora cierta madurez?

La madurez es una palabra que depende de cómo se use puede sonar hasta despectiva. Cuando hablamos de madurez,  pienso que podríamos habernos inventado otra palabra, porque a veces no sé ni lo que significa. Cuando pasan los años, la vida te va cambiando, hay necesidades; en mi caso a nivel formal de escritura hay elementos que veo distintos. A nivel de impulsos o de motivaciones creo que no son tan diferentes, y a mí personalmente sí que me ha ayudado a encontrarme con mi yo impreso en las letras, porque, aunque no seas lo que escribes o lo que haces, sí que hay ciertos anhelos o ciertas referencias que dejas en papel y que te hacen recomponer lo que eres o lo que has sido. No me noto tan distante en el  contenido, sí en lo formal. Por eso tenía una sensación de deportividad conmigo mismo. Probablemente,  si hubiera sido algo del mes pasado me lo hubiera planteado dos veces antes de publicarlo. La distancia me ha hecho tomarme a mí mismo con cierta deportividad, con cierta ligereza. Es un poemario con el que vas a pecho descubierto, pero tengo ese margen de distancia necesaria con lo que está sucediendo ahí.

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Foto Sara Baquero Leyva

Volviendo un poco a los ataques de nervios, ¿es escribir una terapia?

No sé si terapia, pero sí un proceso que me acerca al conocimiento propio, interior y reflexivo. Me ayuda a convertir en objeto ciertos elementos que probablemente no comprenda desde el silencio. Muchas veces, me pasa con las canciones también, pienso que si estuviera fuera de todo esto me gustarían mis canciones, lo que hago. No soy una persona que participe mucho de la revisión; no reescucho mis discos a posteriori,  no tengo esa necesidad de revisitar mi obra, pero sí que disfruto mucho en todo el proyecto creativo, ya que me ayuda, (vuelvo a la palabra maldita) a madurar y a pasar etapas.

A lo largo de la obra es notorio tu amor hacia el cine, pero ¿cuál dirías que es el arte que más te inspira a la hora de crear?

Somos una generación que estamos tan expuestos a todos los artes que es difícil separar. Lo primero que me llegó, y de una manera rotunda, que me hizo pensar no en dedicarme a esto, pero sí en participar en algún tipo de creación fueron las canciones. Con 14-15 años me juntaba con amigos que tenían vinilos con ediciones antiguas y nos los intercambiábamos, me los llevaba a casa, los leía de arriba abajo, me encontraba con sentimientos que me removían mucho y que me hacían descubrir sentimientos que no había encontrados en otros formatos. El cine también. Estudié imagen y sonido para dedicarme a ello. Este arte me ha ayudado a tener una capacidad para estructurar la narración. Me gusta mucho el montaje y ahí sí que se puede ir creando narrativamente estructuras y partes que son muy aplicables a la literatura y a la música. Por ejemplo trabajar un concierto como si fuera una canción de dos horas,  con su inicio, sus partes álgidas, nudo y desenlace…  Creo que es aplicable a todas las artes.  También la literatura, aunque me considero peor de lo que debiera. Del resto de artes intento nutrirme también, la escultura, pintura… Cuanto más expuestos estemos a todo, más capacidad tendremos de síntesis para aplicarlo a lo nuestro.

Decía Miguel Ángel Asturias que poeta es una conducta moral…

Decía también Godard que “un travelling es un acto político”. Al final cualquier mirada de la realidad,  conlleva una óptica, una visión política, moral o ética de la realidad, y cualquier expresión que lleves a cabo está trufada de ello. No creo que sea fácilmente disociable. En una película de Disney hay política, una visión de bien y del mal. En el cómo se hacen las cosas también. La poesía tiene algo que me recuerda al fuera de plano del cine: en un ejercicio de síntesis, eliges lo que se queda fuera, pero muchas de esas cosas que se quedan fuera, de alguna forma son una llamada desde dentro. Ciertas cosas que no están ahí, pero que te hacen remitirte a lo que hay alrededor y no ves. Me pasaba con el ejemplo de fuera del plano del cine. Esos planos que no ves exactamente lo que está sucediendo, pero lo que está sucediendo  tiene una llamada obligatoria a ese espacio vacío. Las palabras en la poesía tienen un efecto llamada similar.

¿Dónde limitan tus cuatro puntos cardinales?

El norte y el sur son el pasado y el futuro, el segmento en que tenemos que desarrollarnos. Sin conocer tu pasado no hay forma de saber a dónde vas. Y el este y oeste son toda la gente que me rodea y que me quiere, y en medio de todo eso está la aguja que te lleva de un lado a otro dependiendo del momento.

Cuando eras pequeño,  ¿en los mejores sueños te imaginabas en este punto?

No, no. De pequeño quería jugar al fútbol, como el 90% del españolito medio (risas). Pero sí hay una cosa que sí me ha pasado siempre, y es que nunca me imaginé trabajando, dedicándome a algo que no me gustara. En mi desconocimiento y mi aturdimiento me preguntaba por qué la gente no actuaba en función de gustos. Luego creces y te das cuenta de que no es tan fácil, tan viable. Pero sí hay una cosa de la que me siento muy orgulloso, y es el haber realizado un montón de cosas siempre ligadas a lo que he querido hacer,  En ese aspecto, me siento un privilegiado e intento agradecer cada día mi situación.

Los escritos parecen imágenes que percibes del día a día, cotidianas. ¿Es de ahí de donde nace tu obra? Un ejemplo muy claro es ’30 km/h’.

Sí, además ese poema es una imagen muy recurrente de mi infancia y juventud,  de esos veranos que pasas en la calle en los que nunca pasa nada, que todo se repite. Hay cierto leitmotiv, ese sonido de los aspersores por la noche. Al final, la realidad que percibe cada uno, esa realidad subjetiva, para mí es el único punto de inspiración. Para hacer algo, primero tienes que ser honesto  y tener esa sensación de verdad. En Vetusta nos preguntan muchas veces que porqué no escribimos en inglés, pero no forma parte de mi vida. Para mí no tiene sentido, dejaría de aproximarme a lo que quiero hacer. Como decía antes, hay un punto de conocimiento en la escritura, y si te quieres acercar a él, tienes que contar con todas las herramientas posibles, con unos ingredientes que formen parte de lo tuyo. Escribir sobre cosas que no domino o que no forman parte de mí, sería algo ajeno.

Hablas muy tranquilo, como masticando las palabras. ¿Crees que es algo que debería retomar la sociedad de hoy en día?

Seguro. Recuerdo dos historias que tienen que ver con el tiempo. Una fue la primera vez que fui a los campamentos saharauis. Allí toman té cada dos por tres, y el rito del té puede llevar hasta media hora. Es un rito en el que se está, en el que muchas veces ni se habla. Recuerdo que uno de los españoles que iba con nosotros preguntó que cuántas veces repetían esta acción. La respuesta no fue otra que las veces que hiciera falta al día. Entonces nuestro compañero se sorprendió y apuntó que si no les parecía una pérdida de tiempo, a lo que una niña de ocho años le confesó que si no lo hicieran así, en silencio y con tiempo, cuándo hablarían. Me resultó increíble que una persona tan pequeña tenga interiorizada la necesidad y la importancia de estar en el aquí y en el ahora. La otra historia tiene que ver en un trabajo de un documental sobre Carrillo, en el que hacía toda la parte del archivo.  A mí me mandaron todas las entrevistas. Carrillo hablaba muy despacio, a dos por hora, entraba en esa dinámica del cigarro, acabas  absorto, parecía que ibas a 20km/h en una autopista. Él decía que hablaba así gracias a los cigarrillos, que  si no hubiera tenido la oportunidad de fumar, no habría sido político. Fumar le permitía hablar despacio, pensar, poder hablar con gente antipática… Volviendo un poco al tema, hay dos elementos que son imposibles sin el tiempo: los ritos y los duelos. Sin el tiempo suficiente no puedes establecer un duelo, no sólo porque se te muera alguien, sino por pasar de pantalla , por pensar, por aprender. Cuando tengo la oportunidad, a mí sí que me gusta hacerlo. No suelo muy a menudo, debe ser que me has pillado de resaca. (Risas)

¿Qué te produce más pánico: la publicación del poemario, o una sala abarrotada?

Estaba mucho más nervioso el día del poemario que el fin de semana pasado en el concierto. Cuando tocas para 1000 personas, para 100 o para 5, y aunque estás expuesto , sabes que si tienes un mal día, te va a suplir otro. Además tiene una ventaja, el no reconocer a la gente. Cuanto más grande sea la sala, menos caras ves. La tesitura es cuando tocas para 50, que oyes respirar a todos y estás más expuesto. Las presentaciones van un poco por esa línea, sólo que encima están repletas de amigos, familia,… También es la primera vez que defiendo lo que he escrito yo, y no Pucho.

Decía Gabriel Celaya que la poesía es un arma cargada de futuro. ¿Hay que protegerla?

Hay que protegerla, pero como a toda la cultura. Muchas veces me pregunto si nosotros protegemos a la cultura, o la cultura a nosotros. Yo creo que nos protege mucho más de lo que pensamos, y no cuidarla es uno de los mayores errores que existe.

Se va igual que vino; con su alta coleta y su barba intachable. La diferencia es que ahora resultará más sencillo descubrirlo en el otro perfil de la moneda.

 

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